¡Qué día maravilloso fue aquel para la historia de ese pueblo! El sol convertía la arena en un horno, las rocas en pedazos de fuego y hasta el aire se enrarecía para respirarlo. Sin embargo, aquel enorme puñado de emigrantes no le hacía caso a las inclemencias del bravo sol egipcio; a paso lento, oyendo el rechinar de las carretas, el llanto de los niños y los cantos de los jóvenes, se iban acercando al Mar Rojo.
De pronto, alguien gritó llamando la atención. Todos miraron hacia atrás. Allí, detrás de una enorme nube de polvo, venía el ejército de Faraón. Ahora sí que se hallaban de verdad entre la espada y la pared. Sin embargo, Moisés levantó su vara, y en el nombre del Dios de los ejércitos, abrió el mar y el pueblo lo cruzó a salvo…
Pasaron muchos años, poco más de cuarenta, y Moisés entregó su espíritu a Dios. Entonces, cierto muchacho tímido, medio temeroso, pero entrenado en la escuela del liderato de Moisés, fue llamado por Dios para que se hiciera cargo de la jornada final de aquel pueblo. Seguramente Josué, como la mayoría de nosotros, puso algunos pretextos para justificar su incapacidad para ese trabajo; no obstante, Dios le dijo: Esfuérzate y sé valiente, que así como estuve con Moisés, Yo estaré contigo.
Esta frase de Dios, mi estimado lector, me recuerda otra que leí hace muchos años, cuando era un muchacho, pero cuyo autor no recuerdo: Déjenme ganar; pero si no puedo ganar, por lo menos déjenme ser valiente en el intento.
Quiero contarte que la historia de Josué es la historia de un hombre tímido, temeroso, que bajo el impulso de la fuerza divina logró grandes cosas para su pueblo y para su Dios. ¡Tú puedes ser igual a él! El triunfo en la vida no lo garantiza el cumplimiento de sueños humanos perecederos. Por eso, porque en la tumba se acaban todos los esfuerzos humanos, Jesús nos mandó a que guardemos en el Cielo lo más valioso de la vida, donde las cosas no se echan a perder ni la polilla las destruye.
Vivimos en un mundo que nos define triunfo y victoria en virtud de las cosas y los logros que tenemos; y aunque el progreso económico, social y cultural es muy bueno, hemos descuidado el progreso espiritual. Para lograr este último, hay que ser muy valiente. Esa valentía se refleja cuando renunciamos a manejar nuestra vida a nuestro antojo y le damos a Jesucristo el control central de ella. Sé valiente, esfuérzate ahora; trae tu vida así como es y está, y entrégasela a Jesucristo. En Él tendrás valentía genuina y vida abundante y eterna.
No te equivoques, el verdadero valor de tu vida te lo dará Jesucristo, solamente que, para hacerlo, Él necesita manejar el timón de tu vida.