Las líneas de una canción de Marcos Vidal llamaron mi atención de una manera tremenda. Algunas de estas frases son: “Somos árboles desnudos en la nieve… El que más, y el que menos, esconde alguna herida bajo la corteza fría. Se intercambian sonrisas y gestos de sombrero, mientras el corazón estornuda a bajo cero”. ¡Que increíble reflejo de lo que podemos estar viviendo!
El psicólogo Erich Fromm dijo que la necesidad más profunda del hombre es vencer el aislamiento para dejar la prisión de la soledad. El temor al rechazo es un mal desenfrenado y la soledad es uno de los más peligrosos problemas a los que se enfrenta hoy día nuestra sociedad. Algunos dicen que el aislamiento y la soledad han alcanzado proporciones epidémicas y pueden erosionar la fortaleza de un país.
Sin embargo, la soledad no sólo es un mal relacionado con los no creyentes. El 92% de cristianos asistentes recientemente a unas conferencias admitió los sentimientos de soledad como un problema mayor en su vida. Cada uno de ellos compartió un mismo síntoma: un sentir de desesperación, de falta de amor y un temor de no ser querido o aceptado. Este es un trágico comentario acerca de la gente de quien Jesús dijo: Y todos sabrán que son mis discípulos si tuviereis amor los unos por los otros. Si se aman unos a otros (Juan 13:35).
Mi opinión personal es que se nos ha metido la creencia falsa de que, al ser creyentes, tenemos que ser perfectos. Como no lo somos, levantamos muros, usamos máscaras y escondemos las heridas. Cuando alguien nos pregunta: “¿Cómo estás?”, entonces le damos un “saludo de sombrero”: “¡Bien, gracias!”, mientras nuestro corazón “estornuda a bajo cero”, porque quizás estemos atravesando por una tormenta, por un dolor o por una gran soledad.
¡En verdad! Mucha gente está guardando un dolor profundo. Ha llegado a creer que esa situación es normal, y que experimentar soledad, dolor y enojo es todo lo que hay en esta vida.
El problema es que todos elaboramos mecanismos de defensa para bloquear el dolor y tener un sentido de valor personal. El resultado, entonces, es que tenemos mucha gente alrededor que cae en una negación de su problema. Como no ven solución y no ven esperanza, lo niegan y lo tratan de esconder en lo más profundo de su ser. ¡Mucho más si la persona tiene que comportarse como cristiano! El patrón que se repite tantas veces es que muchos desean ser buenos cristianos creyendo que los buenos cristianos no tienen problemas o emociones negativas, y por ende, terminan negando la existencia de su dolor.
Algunos de nosotros tenemos profundas cicatrices emocionales y espirituales por el abuso, negligencia y manipulación que frecuentemente vienen como consecuencia de vivir en una familia disfuncional. Alcoholismo, drogas, abuso, divorcio, ausencia del padre o de la madre, enojo incontrolable y demás son los males clásicos de nuestra generación. Por esta razón, a menudo pensamos equivocadamente que Dios no quiere que expresemos nuestras emociones o que seamos honestos con nuestra situación. Pensamos que se enojará si le decimos realmente cómo nos sentimos. Sin embargo, la verdad es que Jesús quiere que seamos honestos con nuestra situación y que experimentemos su perdón, aceptación, amor y poder en nuestras vidas.
Un ejemplo de esta necesidad de honestidad y transparencia es el rey David. Él expresó su enojo, su confusión y su desesperación en los momentos difíciles. En Salmos 42:9 encontramos que él escribió: Diré a Dios; ¿Por qué te has olvidado de mí? ¿Por qué andaré yo enlutado por la opresión del enemigo Y en el Salmo 55:4-5, David exclamó: Mi corazón está dolorido dentro de mí, y terrores de muerte sobre mi han caído. Temor y temblor vinieron sobre mí, y terror me ha cubierto.
Este es un tiempo en el que tenemos que ser honestos con nosotros mismos, y aprender a amarnos aceptándonos en nuestro proceso de crecimiento. Si queremos tener honestidad en nuestras iglesias y con nuestras amistades, tenemos primeramente que ser honestos con nosotros mismos. Hay que ser honestos con lo que hay en nuestros corazones. ¡Sólo nosotros y Dios conocen con lo que estamos batallando! Por lo tanto, conforme nos abramos y lo reconozcamos, estaremos encaminándonos a la libertad.
Dios quiere que experimentemos su perdón y su amor, y como Cuerpo de Cristo tenemos que crecer en nuestro nivel de aceptación los unos con los otros. No obstante, no podemos pedirle a la gente que sea honesta si tiene temor de ser rechazada. Está en nuestras manos seguir el ejemplo de Cristo, quien nos acepta una y otra vez, y que no se cansa, porque su amor es inconmovible y siempre tiene fe en nosotros. De lo contrario, terminaremos siendo como los fariseos, siempre señalando y criticando. Fingiremos que somos perfectos, negando el proceso en el que todos estamos. Recordemos que somos vasijas de barro en las que Dios sigue trabajando, y que Él nos perfecciona hasta el día de Cristo. ¡Jesús es nuestra esperanza de gloria!
Así que, aprendamos a ser honestos con nosotros mismos primeramente. Dios no quiere que neguemos nuestro dolor, confusión y enojo. Quiere que lo admitamos y lo traigamos a sus pies las veces que sean necesarias. Sólo así conoceremos en una nueva dimensión a nuestro Padre Celestial. Si hacemos esto primeramente con nosotros mismos, se reflejará en la Iglesia. Tal vez así los pecadores se animen más a visitarnos, cuando sepan y vean que la única diferencia entre ellos y nosotros es Jesús.
¡La próxima vez que nos crucemos, yo prometo no darte tan sólo un saludo de sombrero!