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El Jesús de los Testigos de Jehová: “Jesús: Dios del Antiguo Testamento” (Tercera parte)
         
 
 

Existen numerosas alusiones en la Escritura en las que Cristo aparece como el Dios del Antiguo Testamento, incluyéndose aquellas en las que se le asocia con milagrosas manifestaciones visibles en la antigüedad bajo el nombre propio del Dios hebreo (Yavé, Yahvé, YHWH o Jehová): Conseguí ver a Jehová sentado en un trono excelso y elevado, y sus faldas llenaban el templo. …¡Ay de mí!… pues mis ojos han visto al mismo rey, Jehová (Isaías 6:1 y 5. TNM). En el evangelio de Juan se afirma que cuando Isaías contempla aquí a Jehová, es al propio Jesús a quien el profeta está viendo (Juan 12:36-46).
En la línea de títulos divinos y exclusivos de Yavé debemos detenernos en lo que yace detrás de las consideraciones de Jesús como el Hijo del Hombre (Mateo 16:13; Lucas 12:8; Juan 3:14) y el Hijo de Dios (Mateo 14:33; Juan 6:69; 9:35). Al afirmar que Jesús es el Hijo del Hombre se está haciendo referencia a su humanidad, a que procede del hombre y que, por lo tanto, es de condición humana. Sin embargo, es importante notar que Jesús no es “un” hijo del Hombre o “un” hijo de Dios cualquiera. La Biblia muestra cómo los maestros de la Ley entendían perfectamente que el considerarse Hijo de Dios en sentido exclusivo era hacerse igual a Dios, y no nada más el asumir la identidad de un ser creado o un dios de segundo nivel, pues por esto los judíos aún más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios (Juan 5:18). El evangelio de Juan no induce a pensar que este concepto que tenían los judíos sobre la prerrogativa divina de Jesús estuviera equivocado. Más bien lo contrario, pues Él no sólo no les reprende acerca de su supuesto errado concepto teológico (tal y como podría argumentar un Testigo de Jehová), sino que les reafirma, pues lo que el Hijo hace es lo mismo que hace el Padre. Por este motivo es por lo que intentan en varias ocasiones apedrear a Cristo, pues hacerse igual a Dios está considerado como blasfemia para los judíos (Juan 8:59; 10:31-39).
Entonces les dije: ‘Si es bueno a sus ojos, den[me] mi salario, pero si no, absténganse’. Y procedieron a pagar mi salario, treinta piezas de plata. Ante aquello, Jehová me dijo: ‘Tíralo al tesoro… el valor majestuoso con el cual he sido evaluado desde su punto de vista’. De consiguiente, tomé las treinta piezas de plata y tiré aquello en el tesoro en la casa de Jehová (Zacarías 11:12-13. TNM). Incluso en la traducción de la Watchtower podemos comprobar que Jehová habla en primera persona afirmando que sería vendido por treinta monedas de plata, profecía que se vería luego cumplida en Cristo (Mateo 26:14-15). Éste es un ejemplo más de la constante presencia de Cristo en la Escritura con anterioridad a su nacimiento en Belén, aunque lo más curioso de este texto es que la literatura de los Testigos de Jehová también identifica el texto de Zacarías como una profecía cumplida en Cristo (El hombre en busca de Dios. Watchtower. 1990. p. 245.
Existen otros textos en los que los escritores neotestamentarios identifican, adrede, el Jesús que ellos conocieron con el Yavé de las Escrituras antiguas: Tú oirás desde los Cielos, desde el lugar de tu morada, y perdonarás, y darás a cada uno conforme a sus caminos, habiendo conocido su corazón; porque sólo tu conoces el corazón de los hijos de los hombres (2 Crónicas 6:30). Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para darle a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras (Jeremías 17:9-10). Los dos párrafos anteriores son ejemplos de la tradición judía en los que se recalca que sólo Jehová conoce el corazón de los hombres. Al mismo tiempo, y en ambos extractos, la Escritura muestra además que sólo es Jehová quien dará a cada uno según sus obras; dos prerrogativas restringidas a Jehová y que Jesucristo se atribuye a Sí mismo: …el Hijo de Dios… dice esto: Y todas las iglesias sabrán que yo soy el que escudriña la mente y el corazón; y os daré a cada uno según vuestras obras (Apocalipsis 2:18 y 23).
Todas las cosas por Él [por Cristo] fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho (Juan 1:3). Porque en Él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los Cielos y las que hay en la Tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de Él y para Él. Y Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten (Colosenses 1:16-17). Los Testigos de Jehová afirman que Jesucristo es la primera creación de Jehová y que tan sólo a través de Él se forma el resto de la creación. Sin embargo, es interesante observar la exclusividad que el Jehová de la Biblia se otorga habitualmente a Sí mismo en el papel de formador único de la creación: Para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que Yo; Yo Jehová, y ninguno más que Yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto (Isaías 45:6-7).
Por eso os dije [Jesús] que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que Yo Soy (escribir Yo Soy, o cualquier otra palabra, en mayúsculas o minúsculas es, en cierto modo, de libre elección del traductor, pues en los manuscritos originales no se hacía distinción entre unas y otras), en vuestros pecados moriréis (Juan 8:2. RV 1960).
Es probable que, como lectores de a pie, este versículo nos resulte raro, como dándonos la sensación de frase incompleta: “yo soy”, sin más, sabiendo por nuestra parte que todo el mundo es algo o alguien. No obstante, presentarse a sí mismo como Yo Soy no es algo extraño en las palabras de Jesús. Ante esta curiosa reiteración cabe preguntarnos: ¿qué quiere decir? ¿Quién dice ser Jesús? El deber de esclarecer esta afirmación se acrecienta cuando vemos que pareciese que hasta la salvación depende de creer que Jesús es Yo Soy. Muchos ya recordaran que la expresión Yo Soy viene explicada en la propia Biblia si echamos un ojo siglos atrás hacia el encuentro de Moisés con la zarza: Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? Y respondió Dios a Moisés: Yo Soy el que Soy. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: Yo Soy me envió a vosotros (Éxodo 3:13-14). Cómo vemos, Yo Soy es el nombre de Dios; una bellísima expresión para describir al Dios que es todo y en todo momento.
Una interesante relación entre los Yo Soy del Antiguo y Nuevo Testamentos la vemos durante una conversación entre Jesús y unos judíos, los cuales sabían perfectamente que Dios es Yo Soy, motivo por el que se castigaba con apedreamiento a quien así se considerara, pues incurría en blasfemia de autoproclamación divina. Como se puede comprobar, ese es el castigo que estos judíos quisieron infligir a Jesús cuando éste dijo: De cierto os digo: Antes que Abraham fuese, Yo Soy (Juan 8:58).
Cuando Cristo dice “Yo Soy” le está dando un doble contenido a la frase. Por un lado, hace referencia a su preexistencia respecto a Abraham; pero, por otra parte, lo lógico hubiera sido que Cristo hubiese utilizado el verbo ser en tiempo pasado (por esta razón, en varias versiones de la Biblia, se han trascrito estas palabras de un modo que, en teoría, suenan a un mejor castellano, como por ejemplo: “Yo era” en NC, “Yo he sido” en la TNM, “Yo existo” en la Versión Popular, etcétera), pero el manuscrito griego no deja lugar a dudas al indicar Ego Eimi (Yo Soy) en tiempo presente. En un intento de eliminación de connotaciones divinas en la persona de Jesús y al amparo del argumento de una supuesta mejora de lo que aparentemente es una mala elección del tiempo verbal, la peculiar Biblia de los Testigos de Jehová se equivoca al traducir las palabras de Jesús como “Yo he sido”. No obstante, Jesús no se confunde de conjugación verbal, sino que más bien se proclama a sí mismo como el Dios absoluto que habló a Moisés. Observemos que cuando Cristo dice “Yo Soy”, los judíos captan perfectamente este mensaje de autoproclamación divina e intentan apedrearle por blasfemo. Fijémonos que esta tesis queda definitivamente confirmada al comprobar que sus religiosos oyentes no le apedrean por declararse preexistente a Abraham, pues, en el relato, Cristo ya les dijo anteriormente que Él conocía al patriarca (v. 55), y sin embargo, ante esta afirmación ninguno de los presentes se violentó, sino que más bien la actitud derivó en burla: Entonces le dijeron los judíos: Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham? (Juan 8:57). En respuesta, Jesús afirma: De cierto, de cierto os digo, antes que Abraham fuese, Yo Soy (v. 58). Es en este momento cuando se desata el escándalo y el apedreamiento, pues Jesús se había aplicado a sí mismo el nombre de Dios, momento en el que tomaron entonces piedras para arrojárselas (Juan 8:59). La sociedad Watchtower optó por verter el nombre de Dios del relato del Éxodo como YO RESULTARÉ SER LO QUE RESULTARÉ SER, en lugar de Yo Soy. Es evidente que con esta extraña traducción, además de cambiar la esencia perenne del Yo Soy por una confusa esencia que todavía no ha sido, la historia entre Jesús y los judíos queda falta de sentido en la TNM.
Podemos concluir este breve apartado con otras citas del Nuevo Testamento que de nuevo presentan a Jesús como Yo Soy y que también poseen esta connotación de esencia divina: Les dijo, pues, Jesús: Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que Yo Soy (Juan 8:28). Pero Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis? Le respondieron: A Jesús nazareno. Jesús les dijo: Yo Soy. Y estaba también con ellos Judas, el que le entregaba. Cuando les dijo: Yo Soy, retrocedieron, y cayeron a tierra (Juan 18:4-8).