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Contar nuestros días, contar nuestros años
         
 
 

Ahora que ha pasado todo esta fiebre del inicio de año y de los buenos propósitos que se hacen, quiero abordar un tema muy importante. Cuando se finaliza un año más de nuestras vidas, normalmente se acostumbra hacer un balance de todas las cosas, buenas y no tan buenas, por las que hemos pasado.
Ya sea que se esté a punto de concluir un proyecto o iniciar uno nuevo, al término de un año, generalmente, nos tomamos el tiempo para reflexionar sobre los resultados obtenidos y el camino por seguir. Las consecuencias de los desaciertos cometidos por lo común nos causan temor para enfrentarlas, y a veces se piensa que la experiencia adquirida al paso de los años nos hará más sabios y prudentes.
Desgraciadamente no es así; la sabiduría que nos evita caer en errores no la proporciona la edad. No me refiero al conocimiento académico y de las ciencias, sino a eso que a veces se denomina “sentido común”, o de forma más actualizada, “inteligencia emocional”, y que se valora como más importante que el cociente intelectual.
Por experiencia propia, me atrevo a decir que la única fuente inagotable e infalible de este tipo de sabiduría es la Biblia. Este libro con perfil histórico, entre otros, nos habla en el Antiguo Testamento del hombre más rico que haya existido jamás en el mundo (Salomón), quien casualmente había pedido de Dios sabiduría para tomar decisiones correctas en su vida personal y como rey. No pidió riquezas, sino solamente sabiduría. Y Dios dio a Salomón sabiduría y prudencia muy grandes, y anchura de corazón como la arena que está a la orilla del mar (1 Reyes 4:29).
A Salomón se le atribuye la autoría de parte del libro de Proverbios, porción del Antiguo Testamento que nos habla de la naturaleza humana y aconseja sobre cómo evitarnos problemas. Todo apunta entonces a la sabiduría como fuente primaria de todas las demás cosas. Buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas (Mateo 6:33).
Desafortunadamente, Salomón dejó seducirse por la riqueza terrenal, y poco a poco, sin advertirlo, terminó alejado de la guía divina, pozo de sabiduría perfecta y eterna. Siglos después el apóstol Pablo nos advirtió sobre la necesidad de una renovación constante, a cada momento, y no sólo una vez por semana; mucho menos una vez al año: Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestro cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta (Romanos 12:1-2).
Las cosas vistas hasta ahora me hacen creer que no puedo fiarme de mi capacidad intelectual, financiera, o de alguna otra posesión material. Al paso de los años la falta de administración de todos los recursos que nos prodiga ese tesoro que es la juventud nos puede conducir a sinsabores en los últimos años de nuestra existencia. El tiempo de nuestra vida terrenal debiera ser visto, entonces, como una concesión divina para buscar su propósito y su guía, para estar conscientes de la brevedad de los años que estamos en este mundo.
Es mi mejor deseo que Dios nos otorgue esa prudencia indispensable para bien este y todos los años que nos resten por estar aquí. Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría (Salmo 90:12).