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La lucha del verdadero Cristianismo a través de las distintas épocas
         

 
 

“El Cristianismo, a través de las diferentes épocas de la Historia, ha tenido siempre que confrontar los más diversos ataques y oposición a su expansión por parte de las sociedades y culturas a las que ha penetrado, impactado y transformado”

Lecciones para hoy de la historia de la Iglesia.
El Cristianismo, a través de las diferentes épocas de la Historia, ha tenido siempre que confrontar los más diversos ataques y oposición a su expansión por parte de las sociedades y culturas a las que ha penetrado, impactado y transformado.
En tiempos recientes fue de todos muy conocida la controversia causada por la novela de Dan Brown (y su puesta en escena por Hollywood): El código Da Vinci. Esta clase de asaltos intelectuales, que aprovechan la ignorancia espiritual y religiosa de la gente para desvirtuar el Cristianismo clásico e histórico, no son nada nuevos.
En los primeros siglos de nuestra era, el Cristianismo no sólo fue perseguido físicamente por el Imperio Romano, sino que además tuvo que lidiar con la crítica y menosprecio de escritores paganos y doctrinas falsas que en general atacaron la persona de Cristo.
Los ataques se enfocaron especialmente en contra de la divinidad, la encarnación y la resurrección corporal de Jesucristo. Tal fue el caso del Gnosticismo, que apoyado en su dualismo filosófico (lo espiritual es lo único bueno; lo material es malo), negaba la encarnación, ya que un Dios que es espíritu no podía contaminarse al vivir en un cuerpo material.
Por otro lado, el Paganismo de esos tiempos, tan lleno de supersticiones y burda idolatría, consideraba a los cristianos como ateos (por no creer en dioses visibles), antisociales (porque no participaban en sus fiestas paganas) e incluso inmorales (al malinterpretar la cena del Señor y sus reuniones ágapes).
En un sentido esos asaltos filosóficos y ese antagonismo popular fueron bendiciones disfrazadas que motivaron a líderes cristianos a escribir obras en defensa de la fe. Hoy en día identificamos las obras de estos defensores como “apologías,” y a muchos de ellos como los “padres de la Iglesia”.
El título apología es tomado de la palabra griega apologias, que se traduce como “defensa”. Aunado a estas obras, estos líderes cristianos también se dedicaron a enseñar y corregir doctrinalmente de acuerdo a escritos concisos que constituían para la Iglesia la llamada “regla de fe” o regula fidei.
Quizás el más destacado apologista de esta época fue Justino Mártir. Este gran pensador cristiano fue un filósofo samaritano que en su edad adulta abrazó el Cristianismo después de una larga peregrinación en diversas doctrinas y filosofías. Antes de morir martirizado por el año 163 d. C., escribió varias apologías. Una de las más importantes fue la que escribió al emperador Antonio Pío y a su hijo adoptivo Marco Aurelio.
En esta obra declaró, entre muchas cosas, que los cristianos no eran ateos, sino adoradores del Dios verdadero; no eran una amenaza al imperio, ya que su maravillosa ética constituía su mayor fuerza y su doctrina de la resurrección era la más razonable y gloriosa.
Declaró, además, que Jesús es el Hijo de Dios que verdaderamente se encarnó de una virgen, refutando así las difamaciones del Paganismo de su tiempo que sólo estaban basadas en fábulas inventadas por demonios.
Justino tenía una escuela en Roma donde enseñaba “la verdadera filosofía”: el Cristianismo. El filósofo cínico Crescente lo retó a un debate en el que Justino salió vencedor. Crescente tomó venganza acusándolo injustamente ante los tribunales donde el prefecto Junio Rústico lo mandó azotar y decapitar junto con otros seis de sus discípulos.
Aprendiendo del ejemplo de hombres como Justino, hoy en día debemos, nuevamente, ser capaces de responder con conocimiento y sagacidad a la cultura, sociedad y tiempo en la que nos ha tocado vivir.
Debemos estar bien cimentados en nuestra “regla de fe” para instruir, corregir e incluso refutar los argumentos mentirosos de nuestra generación plagada de relativismo y ausente de absolutos. Como nos exhorta el apóstol Pedro, debemos estar siempre preparados para presentar defensa (apología) con mansedumbre y reverencia ante todo el que nos demande razón de la esperanza que hay en nosotros (1 Pedro 3:15).