En medio de dos naciones enemigas, hay un pueblo que ha decidido unirse: palestinos e israelíes han determinado ir mas allá de sus limitaciones humanas y vivir un verdadero amor y perdón en Cristo. Son árabes y judíos creyentes los que se están levantando con fuerza para contrarrestar la mentalidad de odio entre estos dos pueblos.
Cada uno tiene sus luchas propias, pero han decidido enfrentarlas, no con métodos humanos, sino con las leyes del Reino de los Cielos.
Para los palestinos no es fácil llevar una vida limitada, como el no poder salir de Belén o Gaza, por ejemplo, mas que con permisos especiales y rigurosos chequeos.
Ser vistos como terroristas ante Israel y el mundo entero tampoco es fácil, aunque sea sólo un grupo de ellos y no todos los palestinos los que practican el terrorismo.
Por otro lado, los israelíes enfrentan el terrorismo en sus ciudades, y son los civiles el blanco para los terroristas. Ellos piden vivir en paz sin la preocupación de subir a un transporte público que en cualquier momento puede explotar, o caminar por la calle sin la sozobra de que algún loco se puede aparecer con un arma disparando a diestra y siniestra. Estos, y muchos otros, son los temores de ellos.
Sin embargo, entre palestinos e israelíes creyentes se llevan a cabo reuniones de reconciliación donde juntos comparten sus conflictos diarios y sus crisis mentales; oran los unos por los otros, alaban a Dios juntos, se piden perdón y enlazan amistades entre ellos.
Han decidido abrazar una ciudadanía mayor a la palestina o la israelí: la ciudadanía celestial, en la cual es posible amar y perdonar a los enemigos, y en la que existe la hermandad y la unidad que quiebra toda mentalidad terrenal.
Hoy en día, la Iglesia, en ambas partes, hace una labor de influencia hacia los demás para ser regidos por las leyes celestiales y no las terrenales, para amar y perdonar en vez de odiar, y para vivir en la libertad que Cristo compró para nosotros.
Mas nuestra ciudadanía está en los Cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo… (Filipenses 3:20).
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