Esta frase tan genial comienza a decirla un niño o una niña a partir de los dos años. Es una expresión con la cual intenta captar la atención de sus padres y mostrar así sus habilidades. A esa temprana edad descubre que no es un autómata y que puede hacer cosas por él mismo.
Salta, juega, dibuja, corre, hace el payasete y necesita que todas esas acciones sean presenciadas por los mayores para recibir, como recompensa a sus descubrimientos, una retahíla de elogios.
En nuestra andadura cristiana tuvimos un primer encuentro con Dios; un flechazo que dio un giro a nuestras vidas.
En ese primer encuentro descubrimos el poder de la oración, el ferviente deseo por estar en su casa, esa emoción a leer su Palabra, la presencia de Dios en cada momento de nuestra vida.
En esa incipiente etapa nos virábamos hacia Dios y orgullosos le decíamos: “¡Papá, mira lo que hago!”.
Deseábamos que nuestro recién conocido amigo se sintiera orgulloso de aquello que hacíamos.
Es lamentable que perdamos esa inocencia cristiana, y que en nuestro transitar diario disminuya el anhelo por aprender y por descubrir más y más de Dios.
¿Nos hemos acomodado a una vida sin sorpresas?
No sé cuales serán las razones, lo cierto es que después de una trayectoria más o menos larga, el cristiano tiende a vivir de las vivencias del pasado, recordando los milagros del ayer sin discernir que hoy es un buen día para aprisionar un nuevo amanecer y hacer que todo resplandezca de forma magistral.
Nos conformamos con la planicie sin desear lo que se esconde más allá del valle.
El presente es un excelente terreno para cimentar ilusiones, para poner en práctica los sueños adormecidos por el cadente mecer del acomodo… un buen momento para mirar con ojos vidriosos a Dios y decirle: “¡Papá, mira lo que hago!”.
Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta de Asamblea Cristiana.
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