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Frente frío cruza las conciencias
         
 
 

Examiné todas las obras que se hacen debajo del sol; y he aquí, todo ello es vanidad, y esfuerzo inútil (Eclesiastés 1:14).
El 9 de noviembre se celebró en Brasil el Día Internacional de los Récords Guinness. Cada año se reciben unas sesenta y cinco mil propuestas de marcas por batir.
Así de aburridos estamos. Me imagino que alguien se levanta un amanecer nublado con la hartura hasta el cuello de esta vida fastidiosa, con el cansancio acumulado de dormir poco y mal, pero sobre todo, de acudir siempre al mismo trabajo, y esa mañana se mira como de costumbre al espejo del baño, con la imagen borrosa y sin aliciente de todos los días, que le dice: “Hasta aquí has llegado, ¡inútil! ¡O espabilas en ‘este mundo’ y te apuntas un Guinness o te hundes!
Este consejo le cruza la conciencia como un frente frío, y a partir de ahí se le congelan las luces mentales, piensa en su poca valía hasta el momento, y decide cambiar la visión de futuro.
Hay ejemplos tan curiosos como el de Radhakant Bajpai, el hombre con los pelos de las orejas más largos, 13.2 centímetros; “Muy mono”. La Tomatina que cada último miércoles de agosto se celebra en Buñol (Valencia), en la que en pocas horas, se esparcen toneladas y toneladas de tomates, porque “sobran”. Tenemos a Ashrita Furman, la persona con más récords Guinness en su haber que en su “deber”. Este hombre, lo mismo salta la comba novecientas veces bajo el agua, que camina ciento cuarentaiún kilómetros con una botella de leche sobre la cabeza o corre una milla acarreando un tipo de su mismo peso. Pruebas “sustancialmente fructíferas y productivas”.
Un récord curioso es el de las uñas más largas. Lo tiene a sus pies la estadounidense Louise Hollis. Se las deja crecer desde 1982. Entre las diez suman la longitud de 2.21 metros. Imagino que con esas garras, debe caminar fatal, y dormir sola. Sin embargo, lo verdaderamente importante en “este mundo”, es dejar marcada una huella, pisar fuerte. Un reto “higiénicamente limpio”.
Sin embargo, si bueno y saludable es dejarse crecer las uñas de los pies, tenemos su contraria, Lee Redmond, de sesenta y cinco años; ella prefirió dejarse las de las manos. Acumula una longitud de 7.5 metros entre los diez dedos. Para ella quitarse los enredos del pelo, rascarse la espalda y defenderse de sus enemigos debe ser fácil. Creo que mantener la dureza de sus uñas le impide trabajar. Guarda en su caja fuerte la fórmula de su limpieza y aseo personal. Mejor tenerla a ella como amiga que como “felina”.
Otro caso es el del chino Xi Shun, considerado por el Libro Guinness de los Récords como el hombre más alto “del mundo”: 2.36 metros. Su mujer camina junto a él calzando altísimos zancos; “¡eso es amor!”.
Lo opuesto a los metros del chino lo tenemos en el fallecido actor dominicano Nelson De La Rosa: el hombre más pequeño “del mundo”; medía 54 centímetros. Todo esto nos anima a sacar la parte buena de los “complejos”.
La Asociación de Hosteleros de Santiago de Vigo presentó el bocadillo más largo “del mundo”; midió 39.92 metros. La noticia no dice si al finalizar la prueba lo repartieron entre los pobres y mendigos de la ciudad, o los mismos que lo guisaron se lo comieron junto al invitado de honor “Juan Palomo” (“Yo me lo guiso, yo me lo como”).
Y por si la vida da pocos golpes, tenemos a Joaquín Ortega, que de aquí a poco, se pegará un batacazo de ciento treinta y cuatro peldaños, arrojándose por la escalinata de la ermita del Cristo de Bielva. De esa manera, el chico será el más “feliz del mundo”.
Estos son sólo unos ejemplos. Los hay para todos los gustos. Como entenderán, no dejan de ser vanamente provechosos para uno mismo y para el bien y el arreglo “del mundo”.
Sin embargo, el récord más grande no aparece ni aparecerá en El Libro de los Guinness. Lo ganó Jesús, el que tiene las llaves de la muerte y del Hades, el Dios verdadero, el Jesús de Nazareth, hombre verdadero, el que murió y resucitó, el que nos inscribe en el Libro de la Vida del Cordero.
Ahí estamos, gracias a su sacrificio “loco” de morir por todos los que en “este mundo” sabemos que sin su misericordia no valemos un céntimo. Aparecer entre esas páginas vestidos de limpio por su sangre… ¡sí que es ganar el guinness de los guinness!
Para Él, el único que hace nuevas todas las cosas; para Él, el alfa y la omega, el principio y el fin; para Él, que nos hace sus hijos; sea toda la gloria por los siglos de los siglos. AMÉN.

Isabel Pavón es escritora y miembro de una congregación en Málaga

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