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Á-tomos
         
   
 

Hice una visita al Museo de la Ciencia, y pude ver un resumen actual del conocimiento que se tiene del átomo. Reconozco que no estoy muy al día. En nuestros tiempos, cuando estudiábamos, se nos hablaba sólo del protón, del neutrón y del electrón. Sin embargo, se han identificado posteriormente tantas subpartículas que parece ya una familia numerosa.
Lo que quería compartirte es que átomo significa “in-divisible” (de a, “negación”, y tomos, “corte” o “división”). Así era para los antiguos y para los modernos, hasta hace bien poco. Luego, se ha visto que era demasiado resumido describirlo así, aunque no era falso para el conocimiento de la época.
Para el Judaísmo, Dios es uno. Jesús mismo lo recalcó al enunciar el primer gran mandamiento, ante la pregunta de un escriba: “El Señor nuestro Dios, el Señor uno es”; es decir: no hay más dioses.
Sin embargo, el Cristianismo nos muestra que, manteniendo lo dicho, resulta que Jesús también es Dios -no otro Dios-, y el Espíritu Santo, de igual manera. ¡Nuestras mentes empiezan a echar humo! Porque, ¿cómo dividir lo que, como el á-tomo, es por definición in-divisible?
De hecho, es un privilegio disponer de esta información que tenemos acerca de la naturaleza divina, tanto del Hijo como del Espíritu Santo, porque corresponde a una realidad que nos trasciende, que no podríamos saber por nosotros mismos y que, aún conocida, no podemos abarcar con nuestra mente.
Sólo puede ser aprehendida por revelación y fe, pero nos enriquece sumamente. Otra cosa es concluir que por no poder entenderla tenga que ser falsa. ¿Por qué ha de serlo? ¿Sólo porque es ajena a nuestra experiencia? Que haya “complejidad” en el ser divino no debiera ser tan extraño, aunque sólo fuese por la complejidad que nosotros ya conocemos de nosotros mismos, seres mucho más simples.
Saber algo del misterio de Dios es apasionante, más cuando realza el valor de lo que hace.
Resulta que el Hijo que se humanó también es Dios. ¡Vaya valor la de su persona, y por tanto, la de su entrega, ya que estuvo dispuesto a hacerla! Resulta, también, que el Espíritu Santo, que ahora habita en el creyente, es Dios; es decir, Dios no ha enviado a un intermediario de rango inferior para morar en sus hijos, sino que se ha encargado personalmente de ello a través de la persona del Espíritu. Es la divinidad al completo, implicada con nosotros y en nosotros. ¿Misterio? Sí; pero, maravilla también, ¿no?
¡Un abrazo!

Carles Pujol es médico de familia en Cataluña.

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