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Tonto el último
         
 
 

Aquí tenemos la foto de un grupo de policías. Estaban preparándose para vencer la muerte (de ahí que soplen todos al mismo tiempo para inflar los salvavidas que les han regalado como medida preventiva antes de que pasase el tifón Chanchu por la provincia china de Zhejiang). Obedecían una orden. Notarán que siendo cada persona distinta, el salvavidas es igual para todos.
Nadie sabe exactamente qué estaba pasando en esos momentos por sus cabezas, pero seguramente sería lo peor de lo peor. Algunos estarían acordándose de sus esposas, de sus hijos, de sus muchas o pocas posesiones… Quizás alguno pensaba que, como policía, su misión era la de salvar a otros y no se le había ocurrido que sería de los primeros en salir corriendo. No somos nadie. Si estamos esperanzados a que alguien venga en nuestro socorro en tiempos de inclemencia, vamos listos, así son las cosas; otro, tal vez pensaría que su destino era morir heroicamente a tiros y no ahogado en agua sucia… ¡qué muerte más indigna! ¡Vaya usted a saber de qué se acuerda uno en momentos así! Mejor no pensarlo. Lo más triste es que sabían que el salvavidas era unipersonal: en él no cabía más que uno.
Si siguen observando verán que ninguno sonreía ante la situación, un tanto infantil y ridícula, de soplar la rosca juntos. La verdad, a mí me parece que el salvavidas era de poca monta; yo no apostaría un céntimo por salvarme con uno de ellos, pero el pánico hace mucho, y lo que hay, es lo que hay, señores. Llegado el momento de necesidad, reconozcamos que nos agarramos a un clavo ardiendo, y no nos andamos con tonterías.
Lo que nos muestra la foto no es un simulacro ni un “por si acaso”. Si de algún modo nos lo permitiera, podríamos ver que los ojos de estos hombres casi se salen de las órbitas por el esfuerzo (¿por qué se les llamará órbitas a las cuencas de los ojos? Y ya puestos a preguntar, ¿por qué se les llamará cuencas?). Bueno, sigamos. Imaginen también la cacofonía que produciría la fuerza del miedo al inspirar y expirar angustiosamente todos a una (¿y si el mío está pinchado? ¿Si la válvula de cierre no funciona?). Sería una especie de jadeos o estertores descomunales, que nada tendrían que ver con los que desgraciadamente, a veces, oímos al otro lado de la línea telefónica, procedentes de algún tarado mental, que más que miedo a ahogarse, disfruta desahogándose a gusto.
Me pregunto qué habrá pasado con los otros, con la gente normal, con los que no aparecen en la foto porque no les habían repartido el salvavidas; los que ni siquiera se enteraron de que el tifón Chanchu estaba a punto de llegar.
Como dije antes, el salvavidas es del mismo modelo para todos, y parece un amuleto que les ha tocado en suerte a unos pocos. Soplan desesperadamente para ser el primero en colocárselo, y habría tiros mortales si alguien intentara arrebatarles, o simplemente, cambiarles el flotador.
Es cierto que todos, absolutamente todos, llegado el momento final, nos precipitamos a salvarnos. Es cierto que todos, repito, absolutamente todos, sabemos el tifón final que nos espera. No se llama Chanchu, se llama Condenación.
…¡Señor, sálvanos, que perecemos! Él les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? (Mateo 8:25-26).
¿No será mejor llevar a Jesús, el Salvador, desde ahora puesto encima? Ustedes dirán ¿por qué a Jesús? Y en ningún otro hay salvación, porque Dios no nos ha dado a conocer el nombre de ningún otro en el mundo por el cual podamos ser salvos (Hechos 4:12). Y nosotros mismos hemos visto y declaramos que el Padre envió a su Hijo para salvar al mundo (1 Juan 4:14).
En Jesús no hay límite de cantidad. ¡Sálvese quien crea! Sin intención de ofender, los niños dirían: “¡Tonto el último!”.

Isabel Pavón es escritora y miembro de una congregación en Málaga

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