Cristo subrayó la importancia del estado del corazón cuando dice: Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios (Mateo 5:8).
Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida (Proverbios 4:23). Cuando dice “guardar” se refiere a cuidar con diligencia lo que entra al corazón, y que cuando se vea algo que pueda dañar, se cierre la puerta antes de que eso perjudique.
La Biblia describe que el hombre no está hecho sólo de carne, como los animales comunes, sino de cuerpo, alma y espíritu. Si nosotros perdiéramos parte del cuerpo, por ejemplo el pelo o un dedo, seguiríamos siendo nosotros mismos, pero no así si perdiéramos una parte del corazón. Si éste se daña, se ensucia o se endurece, dejamos de ser lo que somos y nos vamos convirtiendo en otras personas. Por lo mismo, el corazón se convierte en la posesión más importante que tenemos.
Por eso, Dios puso el corazón en lo más profundo de dos líneas de murallas. La primera de ellas es el cuerpo, que a través de sus cinco sentidos, influye o alimenta al corazón; es decir, al alma, conforme a lo que vemos, conforme a lo que oímos; viene resultando conforme a lo que somos.
La segunda línea de muralla es nuestra mente, nuestros deseos, emociones, nuestra memoria y la conciencia, que son como la aduana que revisa lo que nuestro cuerpo y nuestros sentidos le envían al corazón. Es ahí donde se generan los buenos o los malos pensamientos, donde salen los deseos correctos o incorrectos, donde nuestras emociones se ven excitadas o tranquilizadas, donde nuestra memoria guarda buenos o malos recuerdos. Donde nuestra conciencia, como un policía, suena su silbato si algo no está del todo bien.
Es así como Dios nos ha hecho, buscando proteger nuestro corazón, sabiendo que de él mana la vida. Si hemos dejado pasar malas imágenes, palabras perversas y nuestra conciencia no las detuvo, se quedarán en nuestra memoria, revolotearán en nuestra mente, incitarán nuestros deseos y emociones y finalmente dañarán nuestro corazón.
Él les dijo: ¿También vosotros estáis así sin entendimiento? ¿No entendéis que todo lo de fuera que entra en el hombre, no le puede contaminar, porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la letrina? Esto decía, haciendo limpios todos los alimentos. Pero decía, que lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre (Marcos 7:18-23).
Una persona lastimada de su corazón inconscientemente tomará decisiones equivocadas, y en la mayoría de los casos sin darse cuenta de lo que está haciendo, porque reflejará lo que está en su corazón, lo que la lastimó. Por eso dice la Palabra que Dios pesa los corazones, mira el alma y da al hombre según sus obras (Proverbios 24:12). También dice en otra parte de la Escritura que Él es quien escudriña la mente y el corazón y da a cada uno conforme a las obras (Apocalipsis 2:23).
La vida tiene que ver mucho con lo que el corazón es. Si éste no está bien, Dios lo pesará, la vida lo pesará, y aunque parezca que tienes todo por delante porque posees dinero o porque eres guapo, poco a poco el corazón herido endurecido inclinará la balanza de la vida hacia un camino equivocado.
Tal vez podemos decir: “¡No! Yo sé tomar buenas decisiones. Ya sé resolver la ecuación de la vida”. No obstante, una persona lastimada del corazón, manchada, ensuciada por diferentes razones y situaciones (ya sea porque se murió un ser querido, porque la corrieron de su trabajo injustamente, porque fue lastimada por una persona en quien había confiado todo o que le había entregado todo su amor, o porque hubo divorcio y fue abandonada), generará rencor, inseguridad, dolor y se reflejará en la cara y en las actitudes. Una persona herida causará heridas.
Aunque seamos personas buenas y merezcamos que nos vaya bien, por esas lastimaduras desarrollaremos un carácter duro, que nos haga decir cosas hirientes a otros. Finalmente, nos pueden llevar a perder el trabajo, cónyuge y familia (a menos que iniciemos el camino de la reconciliación con Dios y con nosotros mismos).
No debemos rasgar nuestra vestidura, sino nuestro corazón (Joel 2:13). Si nos equivocamos no se arreglará gritando o enojándonos, rompiendo un televisor, rompiendo los platos o aventando un zapatazo. No se trata de rasgar las vestiduras, sino nuestro corazón; porque en la medida en que venga el arrepentimiento y la conciencia de que estamos obrando mal, nuestro corazón permanecerá limpio y entonces nos comenzará a ir bien, tendremos buena relación con nuestro cónyuge, hijos y trabajo. Rasguemos nuestro corazón y digámosle a Dios: “He pecado, limpia mi corazón. No permitas que se endurezca, que se ensucie, que se marchite, sino dame uno nuevo. Dame a Cristo, dame a tu Espíritu Santo para cambiar desde lo más profundo de mi ser todas estas actitudes. Echa de mí todas las trasgresiones con las que peco, y hazme de un corazón nuevo y de un espíritu nuevo” (Ezequiel 18:31).
David era un hombre que tenía un corazón conforme al corazón de Dios, y por lo mismo se convirtió en el rey más triunfador, el de las más grandes victorias en la guerra, en el amor, en la economía propia y en la de su país; porque él amaba la ley de Dios. Dice el Salmo 119:97-99 que David meditaba todo el tiempo en la Ley, y eso hizo que su corazón permaneciera limpio y acepto delante de Dios.
El Señor dice que ya no escribiría sus leyes en piedras, sino en los corazones. Si meditamos en sus mandamientos constantemente y echamos fuera de nuestra alma todo rencor y herida recibida en el transcurso de la vida, entonces tendremos un corazón conforme al de Dios, y veremos la luz en medio de tantas tinieblas.
Quiero preguntar: ¿cuál es nuestra lastimadura? ¿Qué nos hirió? ¿Qué nos está estorbando hoy para caminar por la senda de justicia, por las rutas del bienestar, con el gozo en el corazón? ¿Tal vez la muerte de un pariente, la traición de un ser querido, el abuso de una autoridad, el maltrato de un padre?… ¿Qué es? Hoy es el día de perdonar y de recobrar la sanidad del corazón.
La ostra está protegida por su concha, pero por el movimiento del mar llega en cierto momento un grano de arena que consigue penetrar. La aspereza de ese grano lastima el indefenso cuerpo de la ostra, que para defenderse, inicia un proceso de recubrimiento del grano con capas de nácar, que van envolviendo al intruso. Como resultado, se va formando una hermosa perla, que no es otra cosa que la consecuencia de una herida cicatrizada.
Si la ostra no hubiese sido lastimada nunca hubiera podido producir una perla. ¡Alguna vez alguien habló mal de nosotros a nuestras espaldas? ¿Alguien a quien le entregamos el corazón nos traicionó? ¿Perdimos a un ser amado y no sabemos cómo recuperarnos? ¡Entonces produzcamos una perla! Llenemos de amor esa herida, y en lugar de pensar y pensar lo mucho que nos han lastimado, mejor pidamos al Espíritu Santo que nos inunde de su amor para cubrir esa herida y podamos perdonar, produciendo así una perla.
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