Cuán grato es encontrar en la travesía por la vida personas que te faciliten la existencia, seres que hagan de tu caminar un paseo agradable, un recorrido cómodo, espolvoreado de alegría. Gente que con total sencillez y desenvoltura logren hacer que todo lo pesado se vuelva un poco más liviano.
Cuando por causa de una enfermedad tienes que recurrir a la ayuda de especialistas, comienzas a temer el trato que estos te vayan a proporcionar. Temes los diagnósticos, las formas, los conceptos indescifrables que utilizan para intentarte explicar que es lo que padeces tú o la persona con la cual recurres en busca de asistencia.
He pasado las dos últimas semanas acompañando a un familiar que ha tenido que ser intervenido quirúrgicamente. Dos semanas en las que hemos necesitado que personas totalmente desconocidas nos ayudaran a realizar las labores más básicas, pero que a causa de la enfermedad se convierten en complicadas hazañas.
Para alegría de toda mi familia hemos sido tratados de una forma realmente especial. Los cuidados recibidos han resultado muy satisfactorios, un trato que me hace reflexionar sobre la importancia de una sociabilidad afable que posicione al usuario en un lugar óptimo y digno.
Convivo a diario con toxicómanos, enfermos que acuden hasta la asociación en la que trabajo en busca de ayuda, de orientación. Tengo bien claro que las palabras tienen un valor importantísimo en la ayuda por prestar, pero sé que los necesitados valoran muchísimo esos cordiales gestos poco comunes en el entorno del cual provienen.
Acuden familias destrozadas, corazones apocados de aguantar tanto dolor. Desde el lugar donde estoy intento ofrecerles motivación, cariño, prestarles el apoyo que precisan, pero sobre todo, me esfuerzo en escucharlos.
Vierten sus palabras sobre mí y comprendo que he de cerrar los labios cuando los consejos urgen por ser manifestados y prestar atención a las frases que ansiosamente desean ser oídas.
Son enfermos que llegan acompañados de sus familiares con el deseo explícito de recibir ayuda. No está a mi alcance resolver el problema, sanar las mentes y dar un giro a sus vidas, pero sí me corresponde el extender la mano y repetir en mi interior las palabras de Pedro: “No tengo oro ni plata, pero lo que tengo te doy…”.
Qué diferente sería este mundo si cada cual tomara conciencia del lugar que ocupa e hiciera todo lo posible por hacer bien su labor. Entonces todo funcionaría mejor; milagrosamente todos seríamos excelentes personas.
Tras dos semanas de continuo nerviosismo, de un estrés palpable, descubro de nuevo el poder de la gracia y la misericordia de Dios para con sus hijos. El Dios libertador, sanador, el cercano Dios amigo que sigue tornando el dolor en dicha, la tristeza en un inefable gozo, la enfermedad en sanidad.
También descubro al humano con humanidad, al entregado profesional que tomando las riendas que le han sido otorgadas se esmera en hacer bien su trabajo y lograr con éxito la felicidad del necesitado.
Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta de Asamblea Cristiana.
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