Charles Carl Roberts era el lechero que recientemente asesinó a cinco niñas y disparó contra otras siete en una escuela de la comunidad religiosa amish, cerca de Filadelfia. Este transportista de leche justificó la barbarie porque “estaba enfadado con Dios”, aludiendo con estao a la muerte no superada de un bebé prematuro hace nueve años. Tras el ataque contra niños, cercado por la policía, Charles Carl Roberts se suicidó.
Sobran palabras para describir lo espeluznante de este macabro hecho; pero, yendo por otros derroteros, ¡qué común resulta que las personas se reconozcan, por motivos variopintos, enfadados con Dios! Incluidos los propios creyentes, pues… ¡cuántos personajes bíblicos hemos visto molestos con Dios! ¡Cuántos salmos de queja!
Sin embargo, es como si enfadarse con Dios fuera siempre algo pecaminoso si atendemos al rumor que escuchamos en algunos contextos religiosos. Existe un interesante libro del escritor cristiano Philip Yancey que en inglés se titula Disappointment with God (Desilusionado con Dios), y que en su versión castellana los traductores cristianos han optado por una eufemística interrogación que desencanta y vierte el título como ¿Desilusionado con Dios? Sin embargo, el malestar de Yancey es típico y valiente en cuanto que el autor sacude su fe tratando de encontrar respuesta a una desilusión que, por cierto, acaba desapareciendo al acercarse con profundidad al corazón de Jesús.
Un gran ejemplo de enfado con Dios lo vemos en Habacuc, profeta que pasa por una profunda crisis, atormentado por sus dudas y que, sin pelos en la lengua, expone su incomprensión ante las formas de actuación de Dios, así como por sus silencios y omisión de socorro ante la barbarie e injusticia que le rodea. ¿Hasta cuándo, oh Dios, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás? ¿Por qué me haces ver iniquidad, y haces que vea barbarie? Destrucción y violencia veo delante de mí, y conflictos y contienda se levantan. Por lo cual la ley es debilitada, y el juicio no se ajusta a la verdad; por cuanto el malo asedia al justo, y por eso no vemos justicia (Habacuc 1:2-4).
Son preguntas sinceras para las que no siempre hallamos respuestas completas. No obstante, lo que realmente nos ayuda a paliar esta situación no es la queja en sí, sino lo que hacemos con ella. Si Dios no le reprocha a Habacuc su actitud, ¿lo haremos nosotros con otros o con nosotros mismos? A menudo se espiritualiza la respuesta a esta situación cuando, de inmediato, exhortamos al buscador en crisis con un simple “No dudes”, que suena a portazo de castillo medieval. Si Habacuc dudaba sin recibir recriminación de Dios era porque, a diferencia del asesino de los niños amish, el profeta pudo vivir su crisis buscando a Dios, abrazado a Él por encima de peros.
Cuando dudamos tenemos dos opciones: la primera consiste en negar el sentimiento, barrer la crisis bajo la alfombra y no enfrentarla con el riesgo de que al caminar por el salón nos tropecemos con el bulto de basura que hemos escondido en el suelo. La otra opción es justo la antagónica a la anterior y consiste en lidiar con la autocompasión, pelear, clamar a Dios, reconocer nuestras limitaciones y esperar, sabiendo que lo malo no es dudar, sino lo que hacemos con la duda, sabiendo que todo aquello que se duda es porque se cree o se tiene mal creído.
Volviendo a Habacuc, vemos que es el propio Dios quien, en lugar de lanzar reprimendas, con un profundo amor, le repite varias veces al profeta que debe ser paciente (2:2-3). El final de la historia es simplemente colosal, pues a pesar de todo, este hombre cierra su libro con un despliegue de confianza ejemplar afirmando: Con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación. Jehová el Señor es mi fortaleza, el cual hace mis pies como de ciervas, y en mis alturas me hace andar… (3:18-19).
Esperar, dudar y buscar la salida dada por Dios es también madurar, por lo que se requiere disponer de la osadía de hacer la voluntad de Dios, si es que en verdad deseamos ver la luz, aunque no tengamos todas las respuestas y aunque no nos gusten sus respuestas, como en ocasiones ocurre.
También debemos asumir que aunque Dios, mediante su misericordia, nos pueda dar salidas parciales, hay soluciones a nuestros problemas que sólo serán completadas cuando partamos de este mundo, pues el Evangelio es, ante todo, esperanza; esperanza en que todo será ajustado y completado a modo de fin del puzzle en la vida eterna.
El propio apóstol Pedro rompía con la macabra parodia del Evangelio cuando algunos predicaban que todas las respuestas y necesidades serían satisfechas por Dios en este mundo. Pedro tenía otra respuesta, pues sabía que: …el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo… nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los Cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero (1 Pedro 1:3-5). Vemos aquí al apóstol usando calificativos negativos, pues habla de una herencia tan grande que no hay palabras en el diccionario de la Real Academia Española para describirla. Todo lo que queremos en esta vida verá corrupción, pues nuestra torpeza acaba por manchar todo lo que se nos entrega. Sin embargo, un día recibiremos una herencia incorruptible que romperá en añicos cualesquiera de las desilusiones que nos miran a los ojos en este mundo caído.
Un día descubriremos que el problema no estaba finalmente en Dios y llegará un día en el que esa herencia no podrá ser asfixiada por nuestra torpeza, estando liberada de aquellas contradicciones que todos albergamos en nuestro interior; pues, al final: Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera… (Hebreos 11:1).
Luis Marián trabaja en Madrid como documentalista en la Universidad Carlos III y coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante de periodismo y cofundador de www.delirante.org, portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con los no creyentes.
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